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sábado, 23 de agosto de 2008

THE ECSTASY OF GOLD

Metallica, al fin

Hay conciertos que inesperadamente y por circunstancias ajenas, adquieren la categoría de épicos. Conciertos de música en los que los astros se ponen de acuerdo para que esa noche sea irrepetible, para que la magia inunde el recinto y dejen huella en la memoria de los asistentes para siempre.

Por citar algunos, recuerdo el viaje que hicimos Óscar y yo para ir a la última actuación de James Brown en España, en Benidorm. También el concierto de Fermin Muguruza Kontrabanda en Madrid el día de la boda de los príncipes, a pesar de las prohibiciones y los impedimentos la voz de la rebeldía sonó, ¡y cómo! Uno de los shows más espectaculares de hip-hop a los que he asistido es el de los franceses Saïan Supa Crew en Madrid, o la primera vez que ví a Public Enemy en Bilbao. Recientemente el concierto de Rage Against The Machine en Getafe fue un impacto brutal, de aquellos que te dan una bofetada que te giran el cuello.

Así que, después de una espera de casi veinte años, le llegó el turno a Metallica, y aquí os va la crónica. Quizás el simple hecho de que llevase tanto tiempo queriendo verles y lo cerca que estuve de ello en Getafe ayude a que éste también haya sido un concierto épico digno de una historia bien contada:

El martes por la noche, después de ir al gimnasio, quedo con Michael y vamos a mi casa a cenar y vemos el documental “Some kind of monster” de Metallica. A las 5:40 suena el despertador y antes de las 6:00 ya estamos en la calle. A las 7:00 llegamos al aeropuerto, en la cola para embarcar a Dublín se ven un montón de pasajeros con camisetas de Metallica. A las 8:40 aterrizamos en la capital irlandesa, afortunadamente el sol brilla en el cielo a pesar de que las predicciones dicen que va a llover.

Damos una vuelta por Dublín y la primera Guinness cae en el Temple Bar mientras vemos las olimpiadas. Después vamos a echarnos una siesta y nos despertamos diez minutos antes de que Bolt pulverice el record de los 200 metros de Johnson. Grande el jamaicano. Al rato nos enteramos de la catástrofe de Barajas.

Comemos una pizza y nos tomamos un Red Bull para tener energías, de vuelta al hostal, nos damos una ducha, nos ponemos una camiseta negra, pillamos las entradas y nos vamos al autobús que nos llevará hasta el lugar del concierto.

Es curioso ir en un bus lleno exclusivamente de fans de Metallica, algunos muy jóvenes, otros cuarentones, otros de nuestra edad, algunos muy jevis, otros más normales. El trayecto hasta el Marlay Park tarda una hora y cuarto debido al tráfico que hay; una larga cola de coches que se dirigen al show. Y en las proximidades del concierto todos los pasajeros nos empezamos a poner nerviosos; ¿cuándo llegamos? ¿cuánto queda?

Finalmente llegamos y aún tenemos que andar diez minutos hasta entrar en el recinto, treinta mil personas llenan una enorme explanada rodeada de grandes y verdes árboles, el suelo está fangoso y por los altavoces nos recuerdan las salidas de emergencia y nos comunican que el concierto va a empezar ‘muy pronto’.

La misión ahora es acercarnos lo máximo posible hacia adelante del todo. Mi buen amigo Roberto me bautizó como Capitán Concierto por algo; saco el móvil y simulo una conversación con alguien que obviamente no existe pero que me está esperando más adelante. En perfecto inglés suelto: “qué pasa tronco? Sí, sí, estamos llegando. Levanta la mano a ver si te veo…” Pido disculpas a todos los que adelanto, que miran a ver si alguien levanta la mano, y no falla, constantemente hay gente levantando las manos, haciendo los cuernos o dando palmas, “ya te veo, tío, ya llegamos!”. Estamos a cuarenta metros del escenario y decido parar. Por las torres de sonido suena una selección de canciones de rock y cuando le llega el turno a AC/DC todo el mundo sabe qué es lo siguiente. Sesenta mil manos se alzan cuando suenan los compases de The ecstasy of gold, pieza compuesta por Ennio Morricone y que sirve de obertura para todos los conciertos de los de San Francisco desde los años ochenta.

Y entonces sale Lars, se situa en la batería y saluda efusivamente, las notas apocalípticas de Creeping Death sirven para que el público grite, se emocione y entonces sonrío, por que mi momento ha llegado al fin.

Durante el solo de guitarra de Kirk, Mike y yo avanzamos hasta una inesperada valla que a veinte metros del escenario separa el público en dos partes y deja a los de alante la mejor posición para ver el concierto.

Termina el primer tema y el bajo de Robert Trujillo suena funky, pero entonces Lars le da unos golpes definitivos y suena For whom the bells tolls. Saco el móvil y llamo a mi hermano para que escuche. Todavía estoy alucinando. El siguiente tema en sonar es Ride the lightning, y disfruto viendo a Kirk tocando uno de los solos más impresionantes del repertorio de Metallica, especialmente la frenética parte final.

Ya llevan casi veinte minutos y esto sólo ha sido la carta de presentación, la banda para, y James Hetfield saluda a Dublín, la gente ruge.

The Memory remains exige participación del público para cantar a modo de coro la original participación de Marianne Faithful, es sencillo; sólo hay que decir ‘da-ra-ra’ muchas veces.

Welcome Home (Sanitarium) es el primer momento tranquilo de la noche, y una de las dos canciones que interpretarán de mi disco favorito, algunos sacan mecheros, los pelos de los brazos se me erizan cuando James suelta aquello de ‘whisper things into my brain assuring me that I’m insane, (…) Just leave me alone’, porque la voz suena omnipresente, convence. Y la canción va tomando velocidad, hasta que Kirk se marca un solo de guitarra únicamente eclipsado por la fuerza y la perfección rítmica del doble bombo de Lars a la batería. Buff…

James nos recuerda que el doce de septiembre Metallica saca nuevo disco y nos pregunta si queremos escuchar uno de los temas. La gente pide a gritos que toquen algo nuevo, y nos sorprenden con Cyanide, una pieza con una línea de bajo contundente y con una estructura poco común, pero no por ello deja de gustarnos.

Tras ello, los cuatro se van del escenario, y suenan los primeros acordes de And justice for all, una pieza de casi diez minutos con una lírica claramente escéptica respecto al funcionamiento de este sistema. Me da la sensación de que la tocan más rápido que en el álbum, pero disfruto cada segundo. Los miembros de seguridad que están entre las vallas que separan al público nos dan constantemente vasos de agua para que nos refresquemos e hidratemos, esto si que no lo había visto nunca, y se agradece realmente. A pesar de ello muchos fans no aguantan el ritmo y hay que ayudarles a que pasen la valla y se los lleven. Pero Capitán Concierto y su colega sudafricano resisten como cabrones.

James está de guasa… ¿qué si nos gusta el Kill ‘em All? El primer disco de la banda fue mi favorito durante varios años. Para colmo se tocan The four horseman, una de mis canciones favoritas, que no esperaba para nada, pues no la habían tocado últimamente. En esta me acuerdo de Juan y Dani.

Cambio de guitarras, un poco de agua y suena uno de los himnos: Fade to black. La favorita de Mike. Mecheros arriba, manos de lado a lado, Kirk clava los solos, James disfruta cantando en uno de los lados del escenario. La carne de gallina otra vez. Alargan el final de un modo que me sorprende gratamente, casi me gusta más que la versión de estudio.

Y ya que estamos extasiados, vamos a por el clímax: Master of Puppets, hace que grite dejándome la garganta. Flipo con cada uno de los acordes, mi tema favorito, de mi disco favorito. La parte central y su melodía invade Dublín y entonces sube la tensión. James viene a cantar la última parte de la canción al lado donde nosotros nos encontramos, a pesar de que estamos bastante centrados. Todo un himno que denuncia magistralmente la drogodependencia.

Otro pequeño descanso para intercambiar sensaciones. Momento para el rock irlandés. Whiskey in the jar suena siempre que tocan en Dublín. Canción tradicional irlandesa que el grupo Thin Lizzy hizo famosa y que después Metallica dio un toque inigualable. Los irlandeses ya están felices.

Le llega el turno a la mejor de las baladas, Nothing else matters es, en esencia, James Hetfield. Y así lo demuestra con una interpretación que deja los sentimientos a flor de piel. En esta llamo a Paula: ‘So close no matter how far’. Depués suena Sad but True y la multitud rockea.

Se marchan de nuevo del escenario y suenan gritos y disparos de guerra, petardos, llamaradas, cohetes a ambos lados del escenario, vuelven los cuatro a escena para interpretar One, una de las canciones antibelicistas más importantes del rock. Inspirada en la película Johnny cogió su fusil, es una de las canciones más completas de la banda en todos los aspectos.

Después le llega el turno a Enter Sandman, y ya me vuelvo loco, salto, berreo y lo doy todo. La canción les queda perfecta, y hay más cohetes, petardos y llamaradas. Menudo espectáculo. Robert Trujillo, el bajista, lo disfruta y nos regala unos cuantos movimientos gorilísticos que nos dejan locos. Llevamos ya dos horas de show y se marchan. Pero a los cinco minutos vuelven.

James juega con el público, suelta un pequeño speech y todos sabemos que ha llegado el momento de las tres últimas canciones, yo apuesto por Motorbreath, So What y Seek & Destroy. Me equivoco con la primera: suena Last Caress, una de las versiones más conocidas de su repertorio, rápidamente la enlazan con So What, y en el estribillo todo el mundo grita bien fuerte.

La última es Seek & Destroy, como han venido haciendo durante toda la gira. Más pirotécnia, diversión y show. Vuelvo a llamar a mi hermano y mantengo la canción hasta que termina el primer estribillo. Trujillo hace el avión, y James canta desde la parte superior del escenario. Alargan la canción hasta casi diez minutos, como si no se quisieran ir.

Después salen a saludar, a regalar púas, baquetas y ha aplaudir al público. Pasan casi diez minutos más en el escenario bañándose entre merecidos aplausos y gritos. Finalmente se marchan, y le doy un abrazo a Michael.

Después volvemos al centro de la ciudad, a la zona del Temple Bar, y nos tomamos la primera cerveza de la noche casi a las dos, después de cenar un kebab. Vamos a un bar donde pinchan reggae y cruzamos miradas y saludos de complicidad entre los que vestimos camisetas de Metallica.

El resto os lo podéis imaginar, al día siguiente, cansados visitamos el centro de la ciudad, paseamos y llegamos hasta la fábrica de Guinness, sin darnos cuenta entramos sin pagar y las Guinness nos saben más ricas si cabe. Nos despedimos de la capital irlandesa con una gran sensación y un recuerdo inolvidable.

Aquí os dejo unos yutubes para los que tengáis algo de tiempo.

-Si escuchas este melodía es probable que se deba a que estás viendo la película de ‘El bueno, el malo y el feo’ o a que Metallica está a punto de empezar un concierto:

http://es.youtube.com/watch?v=JG62B_dHfDQ

-Perfecta conjunción entre metal y música clásica:

http://es.youtube.com/watch?v=xisIVhc64Ng

-Esta no podía faltar:

http://es.youtube.com/watch?v=v2qIiJTsxp0

-El nuevo single “The day that never comes”:

http://es.youtube.com/watch?v=4SXlMY3NjVk&feature=related

PAZ

domingo, 4 de mayo de 2008

NYC (III)

New York state of mind

El viernes nos levantamos pronto y atravesamos la isla en metro hasta la punta sur del Downtown. Bajamos en la Ferry Terminal y llegamos a punto para el ferry de las diez a Staten Island. Al ser gratuito y pasar cerca de la estatua de la libertad, los viajeros somos mayoría turistas y sólo algunos ciudadanos neoyorquinos del distrito al que nos dirigimos.

Hace un día despejado y pasamos por delante de Ellis Island, de la Estatua de la Libertad y nos situamos frente al maravilloso espectáculo de edificios de Manhattan donde faltan las Torres Gemelas. De vuelta se repite el recorrido y aunque todas las cámaras apuntan a Manhattan, yo miro el puente Verrazano, la puerta de NYC. Y pienso que algún día comenzaré a correr 42 kilómetros y 195 metros desde allí.

En total pasa una hora hasta que volvemos a Manhattan. Después paseamos por Battery Park y nos acercamos hasta la Zona Cero. El proyecto que han comenzado a construir es la Freedom Tower y otros edificios vecinos que formarán el nuevo World Trade Center. Las obras no cesan, y la sensación que tengo es que no han avanzado mucho desde la última vez, sin embargo para el 2012 aseguran que estará terminada y su altura será de 541 metros.

Seguimos hasta Wall Street y paramos un rato frente a la bolsa neoyorquina. Decido hacerme una foto frente al edificio con mi camiseta que representa el pensamiento marxista. No ha sido deliberado el hecho de que hoy vistiese así, pero al final ha quedado bien. (Atentos al gorderas de la parte inferior izquierda de la foto, a ese seguro que no le importa ni el Nasdaq ni el Euríbor.)

Por las calles cercanas hay un ambiente alegre; un pequeño mercadillo de comida preparada donde la gente compra costillas de cerdo, carne asada, kebabs y grandes mazorcas de maíz que devoran con cara de conejo. Seguimos andando hasta el Pier 17, donde los antiguos veleros recuerdan la época colonial. Comemos en la zona común de la última planta unos nachos y un burrito del chiringuito mexicano, y esta será la peor comida del viaje. Estamos un rato tranquilos, tomando el sol, observando los puentes, Brooklyn, los helicópteros que despegan cada cuatro minutos.

Vamos andando hasta el Brooklyn Bridge y lo cruzamos en un tiempo mucho más breve que el de Queens. Damos un paseo por la zona que nos lleva hasta el Manhattan Bridge y luego cogemos el metro. Nos bajamos en Canal Street y damos un paseo por Tribeca, donde hay un ambiente cosmopolita y esnob. Gente quizás demasiado guapa, demasiado arreglada, demasiado cool. Pero a pesar de todo aun queda algún bohemio auténtico y el barrio tiene un encanto pasajero, de esos que te acaba cansando al tiempo de frecuentarlo habitualmente. Sí, un encanto de esos que han sido comprados recientemente por las marcas de ropa del momento.

Sobre las ocho de la tarde nos vamos al hostal y descansamos una hora y media antes de salir un rato por la noche. Vamos al East Village y tomamos unas cervezas en algunos pubs, damos varias vueltas por la zona y nos empapamos del ambiente nocturno de Nueva York. Realmente parece que existe esa malasaña neoyorquina que busqué sin éxito en nochevieja de 2007. De vuelta al metro me encuentro con un graffiti dedicado a Joe Strummer que conocía por un video y no puedo evitar sorprenderme gratamente.

El camino a casa nos lleva más de una hora a causa de las obras del metro, así que dormimos reventados de cansancio tras un duro día.

El sábado nos levantamos un poco tarde, pero sin presión alguna. Pasadas las doce ya estamos en la calle. Paseamos hacia el este cruzando Central Park y nuestra primera parada es el Guggemheim Museum. Solamente entramos en el hall, donde hay ocho coches colgados de los que salen barras de luces. A mi me encanta. Seguimos por la quinta avenida, cerca de donde viven los más adinerados de la ciudad. Llegamos hasta el Metropolitan Museum y paramos un rato en las escalinatas a ver a un par de tíos haciendo un show de breakdance. En uno de sus números hacen salir a tres personas y, de entre cientos, Paula es una de las elegidas. Los tíos resultan ser más cómicos que bailarines, pero tienen su gracia y se merecen lo ganado.

Comemos unas BBQ Ribs en un Friday’s de la séptima y después vamos a dar un último paseo por Harlem. Esa misma mañana ha habido una manifestación contra la declaración de no culpabilidad de tres policías que asesinaron a Sean Bell, un afro-americano. Los sucesos tuvieron lugar hace dos años, pero el juicio se ha alargado hasta esta semana. Según el juez, los policías dispararon a Sean en defensa propia. Pero lo peor de todo es que Sean recibió cincuenta disparos. Así que la gente se pregunta qué clase de defensa es disparar cincuenta veces. Y la gente está indignada y muy cabreada.

Es nuestra última noche, y aunque tenemos pensado salir, abortamos la misión para aprovechar las horas de mañana. Para despedirnos de las cenas volvemos al restaurante cercano donde tenían aquella carta interminable. Yo pido una hamburguesa completa que me sacia y me sabe como ninguna, Paula un sandwich que también pinta bien.

Tomamos un par de cervezas en un pub cercano donde el ambiente está animado y donde intuimos que la noche va a acabar peor que en el Bar Coyote. Es típico americano y también mola verlo.

De vuelta al hostal, un poco de NBA, preparar las maletas y a dormir.

 

El domingo amanecemos pronto. Aunque el día está un poco nublado, decidimos subir al Empire State. La ventaja de un día como hoy es que no hay que hacer largas y tediosas colas para subir. En menos de quince minutos disfrutamos del panorama. Las vistas desde semejante altura son un espectáculo de edificios, calles y avenidas.

Después decidimos despedirnos de la urbe por lo alto; comemos un sirloin steak en el Smith & Wollensky. Buen sabor de boca para finalizar. Damos un paseo hasta Times Square y cogemos el metro hasta el hostal. Hemos contratado un taxi-furgoneta que nos llevará a diez personas al aeropuerto por un precio mucho más asequible que un cab (o taxi amarillo). Hay dos de Barcelona y dos de Valencia, todos contamos anécdotas similares, todas alegres.

Volamos desde Newark, el aeropuerto de Nueva Jersey. La espera es larga y la pasamos jugando a las cartas y gastando los últimos dólares en un vino californiano. El viaje transcurre sin incidentes y marcado  por las pocas ganas de volver a Inglaterra. Enamorados de la ciudad de Nueva York. La ciudad que nunca duerme. La ciudad de los rascacielos. Capital del mundo. Punto de encuentro de todas las culturas, razas y lenguas. Donde millones de historias tienen su sede. Donde todo es posible. New York City Everything.

PAZ

sábado, 3 de mayo de 2008

NYC (II)

across 110th street

Nuestra parada de metro más cercana al hostal es Cathedral Parkway, en la calle 110 con Broadway. La calle 110 es una de tantas que, a diferencia de las demás, es de doble sentido y tan ancha como una avenida. Es una calle fronteriza que marca territorio; termina Central Park en su vertiente sur y comienza el barrio de Harlem en su vertiente norte. En la zona oeste de la calle, donde estamos nosotros, se encuentra el llamado Harlem hispano, la comunidad portorriqueña, mayoritariamente.

El segundo día nos despertamos frescos y descansados a las siete de la mañana, aun afectados por el jet lag. Decidimos ir a la zona norte y centro del Downtown. El metro nos lleva directos hasta Houston Street. Visitamos el SoHo (South of Houston Street), y la mayor atracción de esta zona es Broadway, llena de tiendas y de gente variopinta.

Entramos en Dean & Deluca y admiramos la comida. Tienen fruta de todo tipo, hortalizas, verduras. Nos quedamos mirando los tomates; de todas las figuras y colores. Incluso amarillos y naranjas. Y no, estos no están tratados químicamente en Almería bajo lonas de plástico o efecto invernadero. También tienen café de todas partes del planeta. Metemos la mano en los sacos como Amelie. Hay pan de distintos tipos, crujiente, sabroso, aromático. También carne con un corte suculento, pescado fresco, marisco, conservas, chocolate, pasteles, bollería. Todo apetitoso, todo bien puesto. Todo sano.

Continuamos la mañana haciendo alguna compra, cruzando Prince, Spring y Broome Street, hasta llegar a Canal Street. Giramos hacia el este, a Chinatown.

El barrio chino es un parque temático, un gueto, un viaje a China dentro de Nueva York, simplemente. Ya no hay puestos de perritos calientes, si no de noodles, los comercios venden imitaciones de perfumes, ropa y otros elementos característicos del consumo capitalista occidental.

Llegamos hasta Columbus Park, lindante con Mulberry Street, y nos sentamos un rato en la plaza. Somos los únicos seres de rasgos no orientales, a excepción de algunos turistas más. En los bancos de la plaza, los chinos juegan a las cartas, a un juego similar a las Damas y comen arroz u otros platos típicos. Hay cientos de ellos. Muchas mujeres se sientan en sillas de juguete, de colores ya gastados, algunos hombres tocan música y cantan canciones.

Decidimos comer en el barrio y vamos a un restaurante en Bayard Street. Comemos noodles y pollo crujiente con salsa de miel y mostaza. Barato, rico y abundante. Además, un buen síntoma es que hay chinos comiendo en establecimiento, también americanos.

Subimos Mulberry Street hacia el norte para llegar a Little Italy. Es una lástima ver que este barrio ha desaparecido por completo respecto a como era antaño. Pero entendiendo el comportamiento social occidental, no podíamos esperar de los italianos una actitud similar a la de los chinos. No íbamos a esperar que en pleno siglo XXI estuviesen recluidos en su barrio hablando en italiano, comiendo espaguetis con albóndigas y pasando olímpicamente de América. No, ellos se han integrado y reclaman su nominación de ítalo-americanos. De modo que el barrio italiano se ha reducido a restaurantes de pasta y pizza y a que en las tiendas de souvenirs (en las que te atienden chinos) te puedas comprar camisetas de Al Pacino en el papel de cualquier mafioso de los tropecientos que ha interpretado a lo largo de su carrera. Así que comparas una comunidad con otra, y concluyes que los chinos no tienen interés alguno por integrarse en la sociedad americana. Viven igual que en China pero en Nueva York, ¿y a ellos qué más les da Nueva York que Pekín? Por ese motivo creo que los que dicen que cuidado con China están equivocados. Los chinos no tienen ni espíritu conquistador ni de integración. Y que conste que no lo considero malo ni bueno. Simplemente ellos son distintos. Su percepción social y económica es distinta, y ni tan siquiera creo que se hayan planteado una percepción geopolítica en sus relaciones internacionales o a la hora de emigrar a otros continentes, al menos hasta hace bien poco. Y si se la han planteado no es expansionista, buena prueba de ello son los barrios chinos a lo ancho y largo del planeta. La dimensión cultural es el universo de cada pueblo, de modo que para entender al chino deberemos analizar su pensamiento colectivo a nivel cultural y social, y no tratar de entenderlo desde la cosmovisión occidental, como hacen muchos erróneamente.

Sigo con mi relato del viaje, que me lío con los chinos. Tomamos un helado en Ferrara y paramos a degustarlo tranquilos, viendo un poco a la gente y tomando el sol.

El resto de la tarde seguimos callejeando por el SoHo, entrando en unas cuantas tiendas y comprando, teniendo en cuenta que la libra esterlina casi dobla al dólar.

A eso de las ocho de la tarde vamos al hostal. Descansamos un rato y decidimos hacer caso de la guía y cenamos en un restaurante con una carta más extensa que el Quijote. Tienen y hacen de todo. Pedimos mozzarella rebozada y frita de entrante y una pizza de espinacas y queso feta. Lo regamos con unas Buds heladas. Mirando las fotos que cuelgan en el establecimiento, vemos que por ahí ha pasado gente como Bill Clinton o Mike Tyson y que el sinvergüenza de Bono (de U2) estuvo sentado en la misma mesa que nosotros. Es curioso, porque el sitio es ínfimo, está lleno de cosas por todos los lados y es más bien cutre. Pero la comida está más que buena, así que como está cerca de casa, quizás repitamos.

El miércoles por la mañana hace un buen día y decidimos andar dirección norte. Nos adentramos en Harlem y vemos la catedral de San Juan el Divino, magnánima, imponente, sensacional. Unas calles más al norte llegamos a la universidad de Columbia. Entramos en el campus y pensamos que con un día como hoy, molaría ser estudiante en Nueva York. Molaría porque pillaríamos unas latas de cerveza y nos tiraríamos en el césped a jugar al mus o a hablar de banalidades.

Hay un mercadillo frente al edificio de la biblioteca y parece que van a preparar una barbacoa. Me siento tentado de quedarme a comer unas costillas o unas alitas de pollo, pero aun no han dado las once y hay que patear la ciudad.

Seguimos andando dirección este por la 116 hasta llegar a la sexta avenida donde, en Harlem, se llama Malcolm X Boulevard. Subimos hasta la calle 125, también llamada Martin Luther King Jr. La foto en el cruce de calles es obligada. E igualmente imprescindible es acordarnos de la foto en la que ambos líderes afro-americanos se estrechan la mano sonrientes. El cruce de caminos es simbólico, como estar en el punto donde los pensamientos de ambos personajes convergieron para unir sus luchas.

Harlem también está lleno de vida. El calor primaveral va en aumento y eso propicia que muchos vendedores de agua helada deambulen por las calles haciendo negocio. Pero no son los únicos. Hay puestos callejeros de todo tipo. Puestos de comida en los que venden pinchos morunos a la parrilla cuyo humo inunda de un olor característico las calles. Y más puestos de venta ambulante. Bolsos, cd’s, cinturones, camisetas, libros, fotografías ampliadas, propaganda en apoyo a la candidatura de Obama y trapicheo. Mucho trapicheo. Tíos que van diez metros hacia allí con unos dólares en la mano. Comienzan a hablar con otro y le dan alguno de los billetes. De repente llega un tercero y les dice que esperen. Entonces retroceden unos metros porque un cuarto, que estaba donde partió el primero, tiene algo que decir. Echan un vistazo rápido alrededor y siguen con sus líos. Así continuamente.

Y Harlem sigue avanzando. Florece. No para. Vive alegre y a nosotros nos encanta el barrio. Nos contagiamos de las risas de los transeúntes que nos cruzamos. Y nos gustan sus peluquerías, sus tiendas gigantes de ropa gigante, su gente.

Me acuerdo de la entrevista que les hice al grupo de rap Dead Prez cuando veo los puestos de libros y de información pro afro-americanos. Me alegra saber que funciona una red no oficiosa de comunicación alternativa. Y que los negros del barrio se interesan, se paran, ojean libros, se implican. Y es que es así, como me contaban Dead Prez, que ellos conocieron la historia de los Panteras Negras, de Malcolm y de los líderes y figuras afro-americanas que lucharon por los derechos civiles. Porque en el colegio no les explican esa historia y de algún modo tienen que transmitirla generación tras generación. Así que realmente existe esa red clandestina, la difusión de la palabra, ese contrabando de ideas, que llaman algunos. Y se hace en la calle, en terreno libre.

Tras llegar hasta el Marcus Garvey Memorial Park, damos una vuelta y ya cansados, pues son más de las tres de la tarde, comemos en un restaurante familiar. Paula elige meat loaf con arroz y ensalada de patata, yo pollo frito con arroz y frijoles.

Cogemos el metro y bajamos hasta la 34. Vemos el Madison Square Garden y el Empire State. Al pasar por un pub veo que está jugando el Barça contra el Manchester. Le quedan cinco minutos así que nos quedamos viendo el final. Luego volvemos al hostal y descansamos, nos preparamos para la ópera. Un ballo in maschera, de Verdi, nos encanta, aunque a la representación le dedicaré una entrada a parte próximamente.

Cenamos en un restaurante francés que conozco de la anterior vez que estuve en la ciudad.

 

El jueves vamos a Midtown otra vez, pero con fundamento. Cogemos el metro hasta Columbus Circle y nos acercamos hasta la quinta avenida. Entramos en la tienda Apple y consultamos el correo electrónico. Paseamos hacia el este, cruzando Madison Avenue, Park Avenue y Lexington. Nos acercamos hasta el edificio de cima escarpada y potentes patas. El Citicorp se alza decidido y elegante, con la chulería del que se sabe único y admirado. Seguimos rumbo sur hasta la 42, bajo el Chrysler Building; clásico pero eternamente moderno, arquitectura infinita, punta de lanza. Giramos hacia el oeste y nos detenemos en la Grand Central Terminal. Entramos y hacemos fotos. A la salida también el MetLife reclama nuestra atención. Pues es otro privilegiado, en medio de la calle de los jardines y surcando el cielo con poderío y orden en sus líneas.

Volvemos a la quinta y nos encontramos con la Biblioteca pública. Bajamos hasta la 34 y admiramos el Empire State con calma. Seguimos dirección oeste hasta Broadway y bajamos hasta la 22, donde nos cruzamos con la quinta de nuevo. El Flat Iron fue el rascacielos más alto de Nueva York en algún tiempo. La planta tiene forma de plancha, de ahí el nombre. Si te sitúas a su derecha conseguirás un efecto óptico que hará que parezca un edificio delgado e insignificante. Pero la realidad es que ahí se mantiene; siempre precioso y merecedor de la atención que recibe, impávido ante el paso del tiempo.

Subimos hasta la 31 y la octava para admirar el edificio de correos y el Madison Square Garden. Después cogemos el metro en Penn Station dirección Brooklyn.

Cruzamos el Willamsburg Bridge en el metro y nos bajamos en Marcy Avenue, cerca hay un barrio judío ortodoxo y se ven algunos rabinos en familia.

Comemos en uno de los restaurantes más famosos de la ciudad, el Peter Luger. Aclamado por el corte del hueso de ternera en forma de T, donde a un lado queda el entrecot y al otro el solomillo. En las mesas hay familias de afro-americanos, hijos de inmigrantes irlandeses que ahora forman parte del cuerpo de bomberos y una pareja que celebra cuarenta y cuatro años de casados. La carne es suprema.

Volvemos a Manhattan y entramos en la Niketown de la 57 con la quinta para comprarle unas zapatillas de correr a mi hermano. Después vamos hacia el este por la 59 decididos a cruzar el Queensboro Bridge andando. A medio camino, sobre la pequeña Roosvelt Island, ya nos parece que la cosa es larga. Pero seguimos. Al llegar a Queens ya ha oscurecido y observamos las vistas de Manhattan, el skyline.

Volvemos en metro hasta Times Square. Baile de luces, neon, masas ingentes de personas, teatros, musicales, apenas queda espacio libre de publicidad.

Seguimos paseando un rato y cenamos ligero. Después nos vamos a casa, son casi las once de la noche. Vemos la NBA y nos dormimos derrotados.

 

Mañana la última tanda de NYC.

PAZ

viernes, 2 de mayo de 2008

NYC (I)

Mi cuarto viaje a Nueva York suponía el primero de Paula, de modo que iba con ganas de hacer de guía y llevarla a los lugares típicos. Pero también quería hacer cosas distintas como, por otro lado, debe ser. Y como finalmente ha sido. Os lo voy a contar en un par de entradas o tres:

autobús, avión y reencuentro con la capital del mundo

El autobús de Bristol a Londres lo pasamos rápido, comemos unos bocatas buenísimos que preparamos y que me traen a la memoria los que me hacía mi padre todas las mañanas antes de ir al cole. Lo pensé, y creo que aquéllos, los que hacía mi padre, son los mejores bocatas de mi vida.

Durante las dos horas y media de trayecto, Paula lee la guía de Nueva York apuntando lugares de interés, yo me sumerjo en las últimas páginas de El Imperio de la mano de Kapuscinski mientras escucho un poco a los hermanos Cavalera o un poco el rap de Whodini.

La siempre hospitalaria Leti, la hermana de Paula, nos va a dar cobijo una vez más en su casa. Y antes de cenar vamos a tomar unas pintas. Tenemos una conversación interesante sobre la gente con mentes privilegiadas, aquellos que ven la vida desde un prisma matemático. Y concluimos que esa gente es afortunada, pero que ser un cerebro de esa índole también conlleva desventajas, sobre todo a la hora de mezclarse y fundirse como un elemento más de la comunidad. Pero les envidiamos. Envidiamos entender algunas cosas con semejante y pasmosa facilidad. Yo a veces imagino que ven la realidad como Neo en Matrix cuando se da cuenta de que es El Elegido. Una realidad plagada de ecuaciones, matrices, derivadas y demás fórmulas matemáticas.

Poco antes de terminar mi Guinness me llama mi padre desde el aeropuerto de Nueva York. Por escasas horas no vamos a coincidir, él parte a Los Ángeles.

Cenamos espléndidamente, como siempre que Leti nos acoge, y decidimos ver Persépolis, de Satrapi. Yo me estoy quedando dormido así que abandono pronto.

A las cinco y cuarto de la mañana suena el despertador del móvil. Hasta la segunda alarma no me entero de qué es lo que ocurre. Me voy directo a la ducha y al rato Paula y yo ya estamos en el metro.

La Terminal 4 de Heathrow es grande pero igual que las otras tres que conozco. Control de seguridad, pasaportes, tiendas… pero siempre lleno de gente que va y viene. Gente que viaja y con la que, sólo por ese absurdo motivo, creo tener una relación de complicidad. Creo sinceramente que la clase viajera es una nueva clase social del siglo XXI heredera, en cierto modo, del campesinado o de los obreros, al menos en la tarea que debe desempeñar en el juego social. Aunque esta reflexión la anoto para otra entrada del blog. Para después de mi próximo viaje que, por otra parte, va a ser muy pronto.

Despegamos pasadas las nueve de la mañana. Volamos con British Airways y aquí cada asiento tiene su pantallita. Tras ojear la revista de la compañía aérea y leer unas páginas de mi libro, comienzo a ver No country for old men, pero me cuesta un montón entender los pocos diálogos que hay. Vaya pelo más feo que lleva Bardem. Recomendado por Paula, la dejo para otro momento.

Al rato Paula duerme y yo pongo La Comunidad del Anillo, que está en un inglés inteligible y me conozco los diálogos, pero también acabo durmiéndome. Más de una hora después despierto y Frodo y los suyos están pasándolas putas en las Minas de Moria, así que habiendo perdido el hilo de la película y convencido de que  ver El Señor de los Anillos en una pantalla diminuta es una aberración cinematográfica, decido ver Soy leyenda. Está en castellano, pero latino-americano. Me descojono cada vez que  Will Smith habla. La película es una basura, lo único bueno es que suena Bob Marley varias veces.

Llegamos al JFK a las once y cuarto, hora local. Somos casi los últimos en pasar el control de pasaportes. A mi me toca en una fila en la que el policía de aduanas está de estreno. Tiene que ser su primer día, porque tarda un montón y tiene a dos tíos detrás indicándole qué debe hacer en todo momento. Llegan cientos de pasajeros de otro avión y muchos de ellos pasan el control antes que yo. Me empiezo a cabrear. Cuando me toca sonrío con un poco de falsedad y su tardanza me empieza a desconcertar. ¿Tendrán en mi ficha que estuve en Cuba? ¿Y qué importancia puede tener eso? No le des más vueltas, el tío es lento y no hay más.

Finalmente paso, Paula me espera con las maletas. Mientras el lentorro del madero que me ha tocado se enteraba de cómo iba la cosa, a ella la han llevado al cuartelillo de la policía sin darle ninguna explicación. Sólo le han dicho ‘sígueme’ y ‘siéntate’. El siguiente policía por cuyo control debemos pasar, tras preguntarle el motivo de que a Paula la hayan llevado a parte, nos dice que andan buscando a alguien con un nombre similar, pero que no hay problemas.

Paula se fuma un cigarro con ganas y cogemos un taxi. El taxista parece ruso, o de Europa del este. No habla con nosotros. Atravesamos Queens y llegamos a Manhattan por el Triboro Bridge. Por la calle 125, en pleno Harlem, nos desplazamos de este a oeste de la isla y a eso de la una y media (antes de lo que yo había previsto), llegamos al hostal.

Las fotos que vimos en Internet no tienen nada que ver con lo que nos encontramos, pero disponemos de una habitación limpia, con nevera y televisión, y un espacio con perchas que no es un armario para colgar algo de ropa. Los baños son comunes, pero limpios. La mayoría del staff es castellano-parlante, gente maja.

Hace un día soleado y algo caluroso. El hostal está en la calle 107 con Broadway o la también llamada West End Avenue, pues ambas calles se funden en una sola en estas latitudes. Decidimos bajar hasta Midtown por Central Park. Le explico a Paula que, antes, Manhattan era así, con esas rocas que dan ganas de tocar, que transmiten una sensación de firmeza y que se adivinan inquebrantables. Siempre me han fascinado las rocas de Central Park y hoy las observo con admiración y complicidad una vez más. También hay árboles; frondosos, americanos, llenos de vida. Árboles que han nacido de esas rocas, así que también transmiten robustez, abrazo sincero. El parque rebosa vitalidad; la gente corre, va en bici, juega al béisbol, pasea. Disfruta del día.

Llegamos a la casa Dakota, donde vivió John Lennon, y nos acercamos al mosaico de Imagine. Le ponemos unas flores a John y nos acordamos de él. Una vez en frente del portal Paula me reconstruye la escena del asesinato. Es emocionante.

Seguimos camino hasta la 66 con Broadway y recojo en el Lincoln Center las entradas para la Ópera a la que asistiremos el miércoles por cortesía de mis padres. Seguimos andando hasta Columbus Circle y cojemos la 59 para cruzar unas avenidas, hasta llegar a la Quinta, en frente del Hotel Plaza.

En la 57 entramos en Tiffany’s, seguimos y fotografiamos la Trump Tower, entramos en la tienda de la NBA, pasamos por delante de St. Patricks Cathedral y llegamos al Rockefeller Center. Nunca he subido al observatorio, de modo que aprovechando el día que hace no lo dudamos.

Las vistas son espectaculares, sobre todo mirando hacia el norte. Además, la posición de altura me sirve para situarle a Paula los puntos cardinales, los cinco distritos, los principales barrios de Manhattan y los edificios más altos e importantes. Estamos arriba más de una hora.

Paseamos hasta la sexta avenida y aunque aun son las ocho de la noche (para nosotros la una de la madrugada de un día en el que nos hemos levantado a las cinco y con un viaje de avión de por medio), damos una vuelta por la séptima y entramos en un local de comida self-service a comer unas hamburguesas muy ricas, preparadas por unos mexicanos simpáticos y atentos que saben más del Barça que yo.

Volvemos a casa en metro, habiendo comprado una tarjeta semanal que por 25 dólares te permite viajar todo lo que quieras y que amortizaremos satisfactoriamente.


Espero terminar de contaros todo NYC en un par de entradas más durante los dos próximos días.

PAZ

lunes, 28 de enero de 2008

SIETE EN UNO

En un mes he pasado por siete ciudades en cuatro países distintos. Así que ahora que tengo un mes hasta el próximo viaje, es un buen momento para sentarse a reflexionar y contaros alguna que otra historia. Básicamente porque desde ayer por la noche, que aterrizamos en Bristol, mi mente ya está volando de nuevo. De modo que antes de aventurarme en otros proyectos, repasaré algunos de mis viajes recientes como ejercicio de recapacitación.

La banda sonora que he elegido para sentarme frente al ordenador es “Jaku”. Un disco brillante y genial del japonés Dj Krush, quien, a su modo, me hace viajar por tierras lejanas y sabe acompañarme con miradas misteriosas a todos los rincones del interior humano. Poned especial atención a ‘Slit of Cloud’ y a ‘Still Island’; entenderéis de qué hablo.

Dándoos la bienvenida al año desde aquí, pienso que, en el lógico afán de superación humano en el que nos desarrollamos como seres, este 2008 van a ser doce meses llenos de sorpresas, disfrute y trabajo multidireccional. Y desde aquí os lo iré contando todo mientras mi estancia en Bristol siga siendo permanente y el centro neurálgico de todos mis movimientos. Porque a lo largo y ancho del planeta, pase lo que pase y digan lo que digan, "un año más responderemos creando".

El 23 de diciembre viajé de Bristol a Madrid y nada más aterrizar fui directo a Logroño. Pasé allí dos días con la familia, y el 25 por la tarde volví a Madrid. Ví a algunos colegas durante unas horas y salí por el barrio de Lavapiés a tomar unas copas y unos litros.

El 26 por la tarde viajé con mis padres y mi hermano a Atenas, Grecia. Allí estuve hasta el 31 de diciembre por la mañana, y fue suficiente para ver la ciudad e ir a ver al Oráculo de Delfos y el Templo de Poseidón, en el cabo Sunio. Atenas es una ciudad llena de vida que, en cierto modo, me recordó a Lisboa. El barrio de Plaka está lleno de restaurantes, tiendas, puestos ambulantes y un montón de gente que va y viene.

De vuelta a Madrid, pasé nochevieja y año nuevo, y el día 2 por la tarde ya estaba de nuevo en un avión dirección a Bristol. Pero esta vez no viajaba solo, Dani y Sara me acompañaron y estuvieron unos días conmigo. Juntos hicimos una excursión de un día a Londres que incluyó todos los puntos turísticos de visita obligada.

Tras poner algo de orden a mi vida y volver al trabajo durante más de dos semanas, vino el viaje a Irlanda junto a Paula, del cual regresamos ayer. Irlanda es una tierra preciosa, con una gente simpática y alegre que trata de contagiarte de sus ganas por vivir y que manitene lazos con todas las culturas y pueblos de un modo admirable.

Nuestro periplo irlandés nos llevó por Dublín durante dos días, visitando los lugares más importantes de la ciudad y tomándonos un montón de Guinness y otras cervezas típicas del país. Fuimos al Temple Bar y a otros pubs cercanos, y disfrutamos de la música celta en directo en un ambiente típico que nos encantó.

El tercer día fuimos a Irlanda del Norte; la provincia del Úlster, que a pesar de largos procesos y luchas en todos los aspectos, aún no se ha independizado y junto a Gran Bretaña forma el Reino Unido.

En Belfast pasamos un frío día y paseamos por los barrios católicos observando los muros y las dedicatorias a los mártires de la Irish Republic Army, caídos en su lucha por conseguir la independencia y víctimas del ejército Británico de la Reina de Inglaterra.

A escasos metros hacia el norte se sitúa el barrio protestante y también observamos los muros dedicados a los militares, a la Reina y las banderas británicas que ondean en muchos edificios. También vimos las dedicatorias a todas las víctimas que causó la banda armada IRA.

Fue emocionante pasear por unas calles cargadas de recuerdos de pena, violencia y tensión que guardan en su historia y en las memorias de sus habitantes sabores tan amargos. Pero en la mente de la gran mayoría está la ilusión del entendimiento y de la convivencia pacífica. Y por eso se ve que en ambos barrios se respira la calma, aunque se nota dónde la mano poderosa de la Reina ha ido a favorecer más.

Después de aquello fuimos a dar una vuelta por el centro de Belfast, y nos sorprendimos de que es una ciudad digna de observar con tranquilidad y que el gran número de edificios antiguos tienen un encanto que no habíamos imaginado. Por la noche también salimos a tomar Guinness y a ver cómo se juntan los músicos alrededor de una mesa llena de pintas y tocan durante varias horas calentando el ambiente.

Al día siguiente fuimos de excursión a The Giant’s Causeway, convirtiéndose este en el punto más al norte del planeta en el que jamás he estado. El trayecto en coche desde Belfast hasta allí lo hicimos por la irregular y preciosa costa irlandesa, la cual nos recordó mucho a Galicia.

En esta maravilla de la naturaleza, donde la tierra es roja, pudimos pasear y ver cómo una erupción volcánica de hace 60 millones de años y el frío mar hicieron que la tierra se formase de uno modo nunca antes visto; en columnas hexagonales de basalto. Son de distintas alturas y en según qué zonas se mezclan entre las rocas y peñones de la zona en la que se encuentran.

Es uno de los lugares más impresionantes y más maravillosos en los que jamás he estado. Y es curioso, porque según advierten los teóricos del cambio climático, parte de este lugar va a estar cubierto por el mar dentro de unos veinte años aproximadamente. Y entonces me pregunto que cómo es posible que algo que ha permanecido intacto durante 60 millones de años pueda ser destruido por el hombre en menos de mil. Es un caso en concreto que puede hacernos pensar un poco a todos en el tema en cuestión. 

Tras la visita fuimos al aeropuerto de Belfast y nos volvimos a casa, cansados pero felices por haber visitado una tierra y un pueblo sensacionales.

Por hoy es suficiente, un saludo a todos y, con el espíritu que reflejé en la primera entrada del blog más vivo que nunca, os digo: hasta pronto.

PAZ

miércoles, 17 de octubre de 2007

CUBA: DIARIO DE VIAJE. DÍAS 13, 14 Y 15


-Viernes 28 de septiembre de 2007. Día 13 del viaje: La Habana

Nos levantamos sin prisa y a las 11:00 estamos en la calle. Caminamos por Habana Centro hasta llegar al Museo de la Revolución. Situado en el antiguo Palacio Presidencial de Fulgencio Batista, este precioso edificio decorado por Tiffany’s en la era pre-castrista, alberga una exposición acerca de la historia de Cuba en relación con su tradición revolucionaria. La exposición es realmente interesante, pero no ofrece nada que no se pueda encontrar en Internet o en un libro de historia. Pocos son los objetos exclusivos que llaman la atención, aunque pasear por el edificio es entretenido. Al final de la exposición, se puede visitar el Memorial Granma, donde tienen el yate con el que 82 personas viajaron desde México hasta Cuba para iniciar la Revolución del 26-J. También hay algunas tanquetas y aviones expuestos. Todo muy controlado por la policía militar, la cual es desagradable en cualquier parte del mundo.
Tras eso, vamos dando un paseo hasta el barrio del Vedado. Nos acercamos hasta la Universidad de La Habana, la cual es magnánima, luego llegamos hasta las oficinas de la empresa de alquiler de coches para presentar formalmente una reclamación. Tras eso, pasamos por el famoso cine Yara y vamos a comer a un restaurante de temática televisiva en los bajos del Edificio Focsa. Barato y buenas cantidades, no está mal.
Seguimos andando y llegamos a la Tribuna Antiimperialista, frente al edificio de la Sección de Intereses Estadounidenses y al Malecón. Dicho edificio, construido durante la administración Carter en la era de cooperación entre Estados Unidos y Cuba, está altamente protegido por muchísima policía, también desagradable. La Tribuna Antiimperialista se construyó tras la crisis de Eliansito, el niño balsero. Es un lugar destinado a mítines, conciertos y otras reuniones populares. Ondean un montón de banderas negras con estrella blanca y se pueden leer consignas como ‘Patria o muerte’, ‘Venceremos’ o ‘Gloria eterna a los mártires’. También está el famoso cartel que reza: ‘Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo’.


Seguimos camino por el Malecón hasta Habana Centro, llegamos al Capitolio y nos sentamos durante un buen rato a charlar y ver la vida pasar. Todo es digno de ser visto, y la cotidianeidad no puede ser ignorada.
Llegamos a casa y decidimos ir a cenar al mismo sitio que la primera noche: La Taberna de la Muralla, en la Plaza Vieja. Optamos por el matrimonio cervecero: hamburguesa y birra por un buen precio. Damos un paseo y nos vamos para casa a tomar un roncito.

-Sábado 29 de septiembre de 2007. Día 14 del viaje: La Habana (Playas del Este)

Tras hacer alguna compra tenemos claro que hay que despedirse de la playa y a eso de las 12:00 cogemos la guagua hasta Guanabo, Playas del Este. Compramos media botellita de Añejo Blanco y tomamos unos daiquiris al sol. La playa está llena de cubanos disfrutando del día.
Comemos en un chiringuito en el que tardan muchísimo en servirnos (previo aviso). Pedimos brocheta de langosta y pollo, todo muy rico, especialmente la langosta del Caribe.
Tras la comida nos ponemos a tomar el sol y nos quedamos dormidos un rato. Nos damos los últimos baños y volvemos a La Habana. Salimos a cenar y encontramos un sitio fresco y acogedor donde la ‘ropa vieja’ y el cerdo empanado están especialmene buenos. Después nos volvemos a casa a hacer todos los preparativos del viaje de vuelta; maletas, documentos, billetes de avión, dinero, etc.

-Domingo 30 de septiembre de 2007. Día 15 del viaje: La Habana-París-Londres

Nos levantamos pronto y a las 9:30 cogemos un taxi hasta la lejana Plaza de la Revolución. Estamos un buen rato y tiramos unas cuantas fotos con el Ministerio de Industria al fondo.
Seguimos camino por el Vedado y en la Avenida de los Presidentes vemos unos árboles preciosos e inmensos. Llegamos al Callejón de Hamel, un callejón donde un pintor y artista cubano llamado Salvador González Escalona ha convertido la calle en un lugar de encuentro cultural y expresión artística. Graffiti, poesía, y aprovechamiento del medio para la creación están por todas partes en esta calle donde, una vez más, me acuerdo de Berlín. Todo esto atrae a los turistas y evidentemente a los jineteros, que agobian muchísimo. La primera foto de hoy es de allí.
Volviendo al barrio por la calle San Lázaro, alguien me llama la atención. No hago caso pensando en que es un jinetero y ni me inmuto. Sin embargo la insistencia del que me llama hace que finalmente me gire. Son Jesús y su mujer, los mismos que conocimos la primera noche en el Malecón, nos han visto pasar y nos han querido saludar. Hablamos un rato, les contamos nuestro tour por la isla y quedamos en que en ‘la próxima’ les iremos a visitar y tomaremos esa botella de ron que nos propuso.


Llegamos a casa a las 14:30 y rápidamente vamos a comer. Para no rompernos la cabeza, repetimos sitio y vamos al mismo de ayer por la noche, también repetimos platos. Volvemos a casa y nos damos una ducha y esperamos al taxi mientras hablamos con Maritza, quien ha sido una gran anfitriona.
El taxista que nos lleva por 15 CUC hasta el aeropuerto nos cuenta su rotundo descontento con la situación actual de Cuba. “Ojala las cosas fueran como al principio de la Revolución” dice mientras nos cuenta cómo se las ingenia para llegar a fin de mes. Es una buena conversación de despedida. Muy reveladora y casi definitiva.
A las 17:40 llegamos al aeropuerto, facturamos y pasamos el control de seguridad. Para salir del país todo el mundo debe pagar 25 CUC, si no, te quedas en tierra.
Embarcamos y despegamos puntuales a las 20:30. En el avión proyectan Ocean’s Thirteen doblada al castellano sudamericano, es de coña. Para colmo nos dan de cenar pollo con arroz congrí, como si no estuviésemos hartos. Intentamos dormir un poco.
A las 11:30 del ya 1 de octubre, aterrizamos en París. Dormimos en unos sofás habituados para ello hasta las 14:30, hora del embarque para el vuelo a Londres. Un montón de irlandeses cabizbajos con la camiseta de la selección nacional de rugby vuelan con nosotros, que aún vestimos de manga y pantalón cortos.
A las 15:10 aterrizamos en Londres y el sueño del Caribe se va esfumando.

Tema de hoy: El viaje de nuestra vida
A pesar de tener sólo 25 años, tengo el privilegio de haber viajado bastante. Gracias a unos padres que me han inculcado la inquietud por conocer distintos y sitios y que me han llevado con ellos siempre que les ha sido posible, y gracias a estudiar una carrera que hace que todo conocimiento de lugares sea poco, he desarrollado una pasión por viajar que cada vez es mayor. Creo que muchas de estas cosas las expuse en la primera entrada de este blog, así que no voy a repetirme.
Es muy difícil elegir ‘lo mejor’; una canción favorita, un libro, una película o un viaje. Yo creo que depende del momento. Pero este viaje ha sido algo que jamás olvidaré y del cual he aprendido grandes lecciones y donde he visto cosas tan sensacionales como lastimosas. Ha sido una lección moral, un ejercicio de viajero, una vuelta de tuerca a las ansias revolucionarias, descanso y aventura, una confrontación de ideas, una maravilla, ha sido. Me he sentido totalmente libre y haciendo en todo momento lo que me apetecía.
Sin embargo, nada de esto hubiera sido posible sin la compañera de viaje que tengo. Porque es vital tener un compañero con el que compenetrarse a la perfección y cuyas preferencias sean similares a las tuyas. Por todo esto, el viaje no hubiera sido lo mismo sin Paula, mi compañera ‘de viaje’ y de viajes.
Poder compartir con ella Cuba y semejantes experiencias, vivencias, lugares, personas, opiniones, silencios, charlas, ron, enfados y amor, ha sido inolvidable.
También quiero mandar un abrazo muy grande y especial a mi abuela sin cuya contribución económica y ánimos a realizar el viaje esto tampoco hubiera sido posible. Gracias.

Hasta aquí el diario de viaje a Cuba. A partir de ahora espero cumplir la entrada semanal prometida cuando Bristol Links comenzó su andadura. Y también espero vuestra interacción en las respuestas.

PAZ

martes, 16 de octubre de 2007

CUBA: DIARIO DE VIAJE. DÍAS 11 Y 12


-Miércoles 26 de septiembre de 2007. Día 11 del viaje: Santiago de Cuba

Nos despertamos y a las 10:30 salimos a conocer la ciudad un poco más. Llegamos hasta el barrio de Tivolí, donde hay una escalinata bien larga y famosa en la ciudad. Empieza a hacer un calor infernal, pero seguimos callejeando hasta llegar a la Plaza Marte, antigua Plaza de los Fusilamientos.
Volvemos hacia la Plaza Dolores y comemos en la Taberna de mismo nombre, se paga en moneda nacional y hacen un lomo adobado sensacional. El lugar es muy bonito, pero hace muchísimo calor. Tras la comida decidimos irnos a casa hasta que baje un poco el sol; es imposible caminar por la calle en estas condiciones.
Sobre las 18:30 volvemos a la carga y nos acercamos hasta El Cuartel de Moncada, donde el 26 de julio de 1953 se intentó, fallidamente, iniciar La Revolución. Los disparos aun están en la fachada, e impresiona verlo. Automáticamente me acuerdo de los edificios colindantes al Museo de Pérgamo en Berlín. En la capital alemana también se pueden ver los balazos de la Segunda Guerra Mundial.


Volvemos al centro y nos quedamos charlando un buen rato en la Plaza Marte hasta la hora de ir a cenar. Cenamos en un lugar donde nos intentan cobrar de más y nos tenemos que poner bastante serios para que rectifiquen, pero lo conseguimos.
Tenemos que ir a casa para preparar las cosas del viaje en avión de mañana. Nos dan las 24:00 mientras tomamos un ron escribimos algunas postales.

-Jueves 27 de septiembre de 2007. Día 12 del viaje: Santiago de Cuba-La Habana

Nos despertamos a las 6:15 para terminar los preparativos, darnos una ducha y coger un taxi al aeropuerto de Santiago de Cuba. Vamos en un Lada lento y algo destartalado, con la mochila y los bultos en las piernas porque el maletero no se puede abrir.
Volamos a las 9:30 con Cubana de Aviación en un avión más que conocido por los españoles: un Yakolev 42. El avión soviético es antiguo y entra un aire condensado que no deja ver nada en el pasillo. Los cubanos están bien tranquilos, un grupo de japoneses se descojona con la situación y algún turista occidental tiene pinta de no tenerlas todas consigo, no es para menos. A las 11:30 aterrizamos en La Habana y más de uno aplaude.
El día que llegamos a La Habana desde Londres cogimos un taxi hasta la casa particular que nos costó 30 CUC, hoy gracias a Paula y su tesón negociante, conseguimos ir por 10. De vuelta a casa de Maritza y Ramón, nos dan otra habitación mejor; tiene aire acondicionado y una nevera de la época pre-revolucionaria en la que metemos mucha agua, algo de limón, ron y un coco.
Salimos a comer a eso de las 13:30 y para las 14:10 ya estamos pidiendo en un lugar con un patio inmenso y bien puesto cerca de la Plaza de Armas. Por allí pasamos después de comer ‘ropa vieja’ (plato tradicional cubano), donde los libreros tienen puestos sus tiendas ambulantes. Compramos más literatura.
Seguimos andando y llegamos hasta el mercadillo de la Feria de la Artesanía. Damos unas vueltas observándolo todo y decidimos volver a casa hasta que se vaya un poco el sol. Hace muchísimo calor.
Nos echamos una siesta y tras una ducha salimos a cenar. En busca de algo barato por el barrio de Centro Habana y de una comida que no sea pollo o cerdo con arroz congrí, nos cuesta un montón encontrar algo decente pero barato, de modo que acabamos compartiendo una pizza y una cerveza en un lugar donde no nos alcanza para pedir un plato y bebida cada uno.
Nos vamos a casa y planeamos el día habanero de mañana con un ‘Havana Club Añejo Especial’ con limón, bien fresco.


Tema de hoy: Propaganda Vs Publicidad

En Cuba no existe la publicidad como la concebimos en occidente. En Cuba hay propaganda política, en las calles (sobre todo), en la radio, en la televisión, y en los medios escritos, tanto prensa como literatura. Si tenemos en cuenta que la publicidad no es más que una forma de propaganda capitalista, ya que el mensaje publicitario se resume en una palabra (¡consume!), estamos en las mismas. Con esto quiero decir que el sistema capitalista se basa en el consumo y que la única propaganda que necesita para funcionar es animar a la gente a consumir. Y de eso, se ocupa la publicidad, de crear necesidades y que el sujeto consuma para cubrirlas.
La propaganda y la publicidad son creativas y atractivas, aunque pueden llegar a aborrecer hasta el punto de que la gente las ignore y se canse.
En Cuba hay frases de Fidel por todas partes, la cara del Che, la de Camilo Cienfuegos, la de José Martí (omnipresente), y otros revolucionarios como Zapata, Bolívar, Maceo, Sandino o el mismo Frank País, también tienen su lugar en los anuncios de carretera o de las ciudades.
Desde luego que aquello no es una sociedad de consumo y que sería absurda la publicidad como la entendemos nosotros. La propaganda tiene su encanto y trae recuerdos de nostalgia por tiempos pasados de victoria revolucionaria, pero no tiene sentido alguno hoy en día, o al menos no cumple una función palpable en el pueblo; la gente le hace el mismo caso que nosotros a los anuncios de la tele.
En cualquiera de los casos, mejor sería dejar ese espacio libre para la expresión artística y para la cultura más que para intentar hacernos pensar de un modo o crearnos la necesidad de un producto absolutamente prescindible.

Mañana publicaré la séptima y última entrada dedicada a Cuba.

PAZ

lunes, 15 de octubre de 2007

CUBA: DIARIO DE VIAJE. DÍAS 9 Y 10


-Lunes 24 de septiembre de 2007. Día 9 del viaje: Cañadón-Playa Esmeralda-Villa Maguana-Baracoa

Nos despertamos a las 8:30 para ir a la playa antes de coger el coche y continuar camino. En lugar de volver a Guardalavaca otra vez, decidimos ir a Playa Esmeralda, a cuatro kilómetros. La señora que llevamos ayer en el coche desde Holguín, nos la recomendó, de modo que llegamos allí a las 9:40.
La señora tenía razón; es la playa más preciosa en la que hemos estado. El color del agua, la situación geográfica respecto a la costa, el color de la arena… todo es cómo lo habíamos imaginado o visto en la tele.
Alquilamos un patinete durante media hora y damos una vuelta. A más de cien metros de la playa nos damos un baño, y seguimos avanzando hasta una barrera de coral que podemos observar sin problemas desde el patín, pues el agua es transparente.
Seguimos bañándonos y disfrutando hasta las 12:30, hay que irse pero no queremos. El destino de hoy es Baracoa, el que según dicen es uno de los lugares más misteriosos de Cuba.
Comenzamos un viaje que, a priori, no debe llevarnos más de tres horas pero que debido al mal estado de la carretera en muchos tramos, será mucho más largo. Hay zonas en las que los socavones tienen una profundidad de casi un metro y una extensión de dos metros cuadrados. Tengo que meter primera y sortearlos como buenamente puedo. Hay zonas en las que la carretera se convierte en un camino de piedras y eso ralentiza mucho el ritmo.
Sobre las 15:00 pasamos por Moa, ya queda poco, pero el camino es malísimo. Sin embargo, a medida que nos vamos acercando a Baracoa, nos adentramos en el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, un lugar con una vegetación espectacular, con ríos caudalosos que desembocan en la costa. La sensación de estar absolutamente inmersos en la naturaleza sólo nos la quita levemente el coche. Paramos a comer un sandwich y a tomar un daiquiri sensacionalmente preparado en la playa de Villa Maguana. Nos damos un baño tranquilo y relajante y seguimos camino hasta Baracoa.
Entre una cosa y otra, son las 17:00 y hemos llegado cansados, pero al menos ha valido la pena. Baracoa tiene mucho encanto y es un lugar acogedor. Salimos a dar una vuelta y se pone a llover. Nos resguardamos en un chiringuito al frente del Malecón a tomar una cerveza y hablamos largo y tendido con un par de oriundos.


Cuando escampa decidimos ir a cenar a un ‘Paladar’. Los paladares vienen a ser lo mismo que las casas particulares pero haciendo la labor de restaurante. Se va a casa de alguien, que tiene el salón como un comedor de restaurante, y pides la comida casera. Elegimos camarones con salsa de coco y cordero. La salsa de coco está excelente. Hablo con mis padres por teléfono; están en Nueva York y me cuentan que están alojados en el mismo hotel que Bush y que hay unas medidas de seguridad extremas. Les digo que si se lo encuentran en el ascensor le suelten un ‘’Socialismo o muerte’. Hay cumbre de la ONU y toda Nueva York está plagada de policía.
Damos una vuelta y caemos en La Casa de la Música. Suena la salsa y tomamos un mojito.
Nos vamos para casa y a eso de las 24:00 nos dormimos; mañana es el último día de coche y hay que entregarlo a las 13:30 en Santiago de Cuba.
Por la noche llueve muchísimo y suenan unos truenos que hacen despertarnos más de una vez pensando que han puesto una bomba. Jamás había oído algo así.

-Martes 25 de septiembre de 2007. Día 10 del viaje: Baracoa-Santiago de Cuba

Antes de las 8:00 ya estamos en la carretera. Nada más salir de Baracoa, antes de llegar a la costa sur y tomar la carretera que lleva hasta Guantánamo, hay que atravesar “La Farola”. Se trata de un sistema montañoso cuya carretera está en muy buen estado pero que, como cualquiera que sube unas montañas, está llena de curvas cerradas en las que hay que ir con mucho cuidado. Por fortuna hace un día soleado y no hay problemas de visibilidad o de piso mojado. Paramos en un mirador para deleitarnos con las vistas y seguimos camino. La carretera que nos lleva por la costa también deja ver un paisaje bonito y, a medida que nos acercamos a la Bahía de Guantánamo, podemos sintonizar la radio americana que emite desde la base naval.
Desafortunadamente, el Mirador de Malones está cerrado. Ir allí es la única forma de acercarse oficialmente a la base naval de Estados Unidos. De nada sirve presentarse en el puesto de control cubano y decir que te quieres hacer una foto en la puerta de la base norteamericana haciendo un corte de mangas. Lástima; queríamos esa foto.
Seguimos camino sin parar en Guantánamo y llegamos a Santiago de Cuba sobre las 12:00. Hace un calor infernal. Encontramos una casa muy grande con una habitación enorme y una terracita para los dos. Nos quedaremos por dos días antes de volver a La Habana.
Tras devolver el coche, el cual nos ha supuesto un problema a nivel económico por un error de los empleados que nos alquilaron en Cienfuegos, y armarnos de paciencia al respecto, decidimos ver la ciudad.
Damos una buena vuelta y comemos en un lugar muy bonito donde la comida es pasable. Después vamos a La Taberna del Ron a refrescarnos y tomar un par de cócteles preparados por un maestro coctelero. Seguimos andando y pasamos por el mirador de Velázquez y llegamos hasta el Parque Céspedes, seguimos caminando por varias calles y llegamos a una librería antigua con libros de hace un montón de años donde compramos algo de literatura revolucionaria.
El calor es sofocante y decidimos ir un rato a casa. Compramos un ron oscuro llamado Caney, el cual es el que originariamente fue el famoso Bacardi, pues usan su misma fórmula y tienen la patente, pero al ser Bacardi un exiliado anti-castrista, dejó de fabricar el ron oscuro. Con limón y mucho hielo está muy rico.
Salimos a cenar, los jineteros en esta ciudad son especialmente plastas y tras varios días de viajar por lugares donde nadie nos agobiaba, nos acaban cansando bastante. Nos los quitamos de encima como podemos. Cenamos en un restaurante de la Plaza Dolores y comemos una parrillada marina y otra de carne. Están muy buenas, pero el concepto de parrillada no es el mismo que el que tenemos en España.
Vamos a casa y tomamos un Caney mientras repasamos la guía para planificar el día siguiente.


Tema de hoy: Seguridad vial y conducción por Cuba
Conducir por Cuba ha sido una de las experiencias más estresantes al volante de un coche. Al fin y al cabo, es una experiencia inolvidable por muchos aspectos. Por que la seguridad vial allí no existe y por que las carreteras o autopistas son impredecibles.
Cuando la Revolución cubana comenzó a cooperar con la URSS, ésta hizo lo mismo con Cuba y se comprometió a construir una red de carreteras y autopistas que se quedó, en muchos de los casos, a medias. Esto fue debido a la caída del Telón de Acero y a que la URSS tampoco tenía nada que darle a su pueblo como para ir construyendo carreteras en otros países. De modo que desde entonces, las carreteras siguen como las dejaron. Algunos tramos están sin acabar y te encuentras con que deja de haber asfalto y se convierte en camino de piedras durante unos kilómetros. Por supuesto, la manutención de las carreteras es nula, así como las líneas que separan los carriles o la señalización (muy escasa). Todo quedó sin terminar y además, el uso y los agentes meteorológicos han deteriorado considerablemente las vías. Hay socavones enormes, maleza, o simplemente; las vías están sin terminar de construir, como ocurre con la autopista nacional u otras carreteras regionales.
En Cuba, uno de cada veinticinco habitantes tiene coche, mientras que en países como Inglaterra es a razón de coche cada cuatro personas. Por supuesto, la mayoría de gente que tiene coche vive en ciudades, de modo que por las carreteras sólo te cruzas con otros turistas con coche alquilado y muy pocos coches. La gente se mueve en camión, guaguas (así se llaman los buses), o carros tirados por caballos o bueyes. Es muy rudimentario, pero así funciona.
En todos los pueblos y cruces de carreteras importantes hay gente haciendo dedo, y hay unos funcionarios del gobierno llamados ‘amarillos’, que se encargan de organizar los viajes de la gente. Preguntan a la gente a dónde van y los coches cubanos, carros y camiones, están obligados a parar y recoger a la gente que vaya en su dirección. Luego les pagan algo de dinero y se acabó. Los turistas no tienen la obligación de parar, pero pueden hacerlo si quieren. Siempre es una experiencia recoger a alguien, además de hacerles un favor, puedes tener una charla agradable con ellos y te contarán cosas que no vienen en tus guías.
A la hora de conducir hay que tener especial cuidado al adelantar o al cruzarse con cualquier otro vehículo, pues tienen la costumbre de conducir por el medio de la calzada sin importarles los otros coches. Dar las largas y pitar suele servir, aunque es desesperante estar constantemente haciéndolo.
Si conducir ya de por sí cansa, imaginaros hacerlo por un lugar como Cuba con todos esos factores en tu contra. Sólo te salva la recompensa de moverte libremente y de llegar a lugares a los que ningún grupo turístico llega.

Mañana más y mejor.

PAZ